lunes, 3 de agosto de 2009

Atentar contra el amor

Recuerdo la escena con nitidez. Acabábamos de llegar a la Gran Manzana la noche anterior y ésta era nuestra primera excursión. Mi marido tenía todo programado para volver a saludar la ciudad y sus más preciados encantos. La pasada ocasión se nos habían quedado muchas cosas en el tintero y ahora amanecíamos ante una nueva oportunidad para descubirlas. De entre ellas, disfrutar de una misa gospel en el norte de Manhattan. No voy a negar que estamos poco predispuestos a escuchar homolías en los días que corren pero el encanto que prometía el espectáculo acústico bien merecía la pena. Acudimos a una iglesia baptista cerca del medio día. Aquel fue un día de esos en los que jamás amanece y se convierten en un eterno atardecer a media luz. Hacía tanto frío y llovía tanto que los huesos pedían hospedaje como fuera, incluso dentro de una iglesia. Un maleducado portero de discoteca-evangélica trataba a la gente, que se apiñaba en la puerta mendigando la entrada, a patadas. No paraba de vociferar que no había posibilidad de entrar allí ese día si no se tenía reserva y que el respetable buscara otra iglesia para escuchar misa. Lo decía desde la altanería que en cualquier espectáculo asoma por la mente del que cuelga el cartel de "agotadas las localidades para hoy". Afortunadamente, mi precavido marido había hecho los deberes meses atrás reservando diez plazas dentro de aquella especie de anfiteatro decorado en pan de oro en el que aconteció lo que ahora les relato.
Accedimos a la iglesia casi a empujones y siguiendo una auténtica marea humana como si fuésemos un puñado de peces movidos todos por un mismo espasmo. Mis dedos de los pies estaban tan húmedos que ya no tenía sensibilidad en ellos. Tan solo una incómoda sensación de agotamiento y humedad que recorría toda mi armadura esquelética. Tomamos asiento donde nos indicó una organizadora, ésta ya más civilizada y cálida que el gorila de la puerta. Cuando hubimos recuperado el resuello, nos dispusimos a escuchar la misa dominical como buenos chicos.
Un perfecto orador tomó el micrófono para deleitarnos en otra lengua con impecables inflexiones de voz, excelente dicción, adecuados ritmos y tonos y un fondo no menos sorprendente. Una solista y un coro de gente negra hicieron nuestras delicias en lo musical. Tanto que las puntas de mis dedos, bajo las rudas botas de piel marrones oscurecidas por los restos de lluvia y nieve, volvieron a la vida y entraron en calor. Tanto que mi pobre cuerpo torturado por las inclemencias del tiempo casi empieza a levitar por encima de aquella especie de retablo situado detrás del altar new age.
El pastor nos agradeció la visita y comenzó una homilía que siempre recordaré, yo que no sé ni j de inglés. La idea principal versaba sobre la tolerancia hacia los homosexuales. No sólo sobre tolerancia sino del total respeto hacia todas las personas sin importar su condición sexual. Mi marido estaba estupefacto. Con el vello de punta por la emoción trataba de traducirme simultáneamente lo que allí se estaba diciendo, nunca leyendo. Un cura hablaba bien de la homosexualidad y, grosso modo, defendía a gays y lesbianas como hijos de Dios. Con vehemencia y grandes dosis de razón el discurso fue tan digno que todo el grupo decidió tomar la comunión siguiendo el propio rito de la confesión. Nadie rechazó la invitación de saludar a aquel Dios que se nos presentaba como padre amantísimo de todos nosotros. Nadie podía creer en aquel milagro, pero estaba ocurriendo en pleno corazón de Harlem. Aquel fue nuestro mejor regalo de navidad. Aún lo pienso y me encantaría ir cada domingo allí, cogido de la mano de mi marido, para recibir la bendición de un Dios ajeno a nuestro antiguo testamento y poco amigo de plagas y castigos a primogénitos. Al abandonar aquella Abyssinian Baptist Church todos fuimos conscientes de que otra realidad es posible y confirmamos que las religiones tienen que asumir el reto de aceptar en su seno a todos los hijos de un posible Dios que andará muy enfadado estos días por las fechorías de una mayoría intransigente y propagadora del odio. Esa mayoría ha protagonizado la noticia a golpe de esquela este fin de semana.
La comunidad homosexual está de luto desde la noche del sábado cuando en Tel Aviv fueron asesinados, a manos de un pistolero, dos jóvenes homosexuales. Al parecer todo ocurrió dentro de un club de reunión para jóvenes de esta condición sexual. Otras quince personas resultaron heridas, de las cuales seis aún continúan graves.
De nuevo el fundamentalismo religioso ha levantado la mano contra sus hermanos. De nuevo los ladrones de la "verdad" han despertado la ira de un dios que permanece impasible ante la injusticia y el asesinato de los buenos.
Sabemos que son muchos los que, creyendo poseer la revelación de lo alto, insultan y hieren a sus congéneres diferentes, como parece ocurrir dentro de las filas de determinados partidos ultraortodoxos donde se considera la homosexualidad como un pecado aberrante.
Es el perfecto caldo de cultivo para que, a la postre, un hombre entre en un pub encapuchado y con una pistola acabe con la vida de dos jóvenes en un santiamén. Este es el resultado de la permanente manipulación y la redirección hacia el odio y la homofobia que se profesa en algunos credos, como también ocrurre dentro de la propia cúpula del catolicistmo en la actualidad.
Afortunadamente en todos los lugares del mundo abundan las mentes cuerdas, lúcidas y amigas. Los rabinos de las corrientes más liberales del judaísmo ya han condenado este atentado contra el amor. A buen seguro aquel pastor de Harlem que nos conquistó con su labia lo habrá hecho este domingo. En Destierro lunar nos sumamos a la repulsa por estos atentados, indignados ante la sinrazón del que mata y peca doblemente por evitar el supuesto pecado de la homosexualidad.
"Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo". "No matarás" (Decálogo de los mandamientos).
"Dios ama a todos sus hijos sin importarle su condición sexual" (Rev. Dr. Calvin O. Butts, III, Pastor de un famoso templo de Harlem, 21 de diciembre de 2008).
"Dejad en paz a los homosexuales" (José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno español en el discurso ante el Congreso de los Diputados, 30 de junio de 2005).