lunes 3 de agosto de 2009

Atentar contra el amor

Recuerdo la escena con nitidez. Acabábamos de llegar a la Gran Manzana la noche anterior y ésta era nuestra primera excursión. Mi marido tenía todo programado para volver a saludar la ciudad y sus más preciados encantos. La pasada ocasión se nos habían quedado muchas cosas en el tintero y ahora amanecíamos ante una nueva oportunidad para descubirlas. De entre ellas, disfrutar de una misa gospel en el norte de Manhattan. No voy a negar que estamos poco predispuestos a escuchar homolías en los días que corren pero el encanto que prometía el espectáculo acústico bien merecía la pena. Acudimos a una iglesia baptista cerca del medio día. Aquel fue un día de esos en los que jamás amanece y se convierten en un eterno atardecer a media luz. Hacía tanto frío y llovía tanto que los huesos pedían hospedaje como fuera, incluso dentro de una iglesia. Un maleducado portero de discoteca-evangélica trataba a la gente, que se apiñaba en la puerta mendigando la entrada, a patadas. No paraba de vociferar que no había posibilidad de entrar allí ese día si no se tenía reserva y que el respetable buscara otra iglesia para escuchar misa. Lo decía desde la altanería que en cualquier espectáculo asoma por la mente del que cuelga el cartel de "agotadas las localidades para hoy". Afortunadamente, mi precavido marido había hecho los deberes meses atrás reservando diez plazas dentro de aquella especie de anfiteatro decorado en pan de oro en el que aconteció lo que ahora les relato.
Accedimos a la iglesia casi a empujones y siguiendo una auténtica marea humana como si fuésemos un puñado de peces movidos todos por un mismo espasmo. Mis dedos de los pies estaban tan húmedos que ya no tenía sensibilidad en ellos. Tan solo una incómoda sensación de agotamiento y humedad que recorría toda mi armadura esquelética. Tomamos asiento donde nos indicó una organizadora, ésta ya más civilizada y cálida que el gorila de la puerta. Cuando hubimos recuperado el resuello, nos dispusimos a escuchar la misa dominical como buenos chicos.
Un perfecto orador tomó el micrófono para deleitarnos en otra lengua con impecables inflexiones de voz, excelente dicción, adecuados ritmos y tonos y un fondo no menos sorprendente. Una solista y un coro de gente negra hicieron nuestras delicias en lo musical. Tanto que las puntas de mis dedos, bajo las rudas botas de piel marrones oscurecidas por los restos de lluvia y nieve, volvieron a la vida y entraron en calor. Tanto que mi pobre cuerpo torturado por las inclemencias del tiempo casi empieza a levitar por encima de aquella especie de retablo situado detrás del altar new age.
El pastor nos agradeció la visita y comenzó una homilía que siempre recordaré, yo que no sé ni j de inglés. La idea principal versaba sobre la tolerancia hacia los homosexuales. No sólo sobre tolerancia sino del total respeto hacia todas las personas sin importar su condición sexual. Mi marido estaba estupefacto. Con el vello de punta por la emoción trataba de traducirme simultáneamente lo que allí se estaba diciendo, nunca leyendo. Un cura hablaba bien de la homosexualidad y, grosso modo, defendía a gays y lesbianas como hijos de Dios. Con vehemencia y grandes dosis de razón el discurso fue tan digno que todo el grupo decidió tomar la comunión siguiendo el propio rito de la confesión. Nadie rechazó la invitación de saludar a aquel Dios que se nos presentaba como padre amantísimo de todos nosotros. Nadie podía creer en aquel milagro, pero estaba ocurriendo en pleno corazón de Harlem. Aquel fue nuestro mejor regalo de navidad. Aún lo pienso y me encantaría ir cada domingo allí, cogido de la mano de mi marido, para recibir la bendición de un Dios ajeno a nuestro antiguo testamento y poco amigo de plagas y castigos a primogénitos. Al abandonar aquella Abyssinian Baptist Church todos fuimos conscientes de que otra realidad es posible y confirmamos que las religiones tienen que asumir el reto de aceptar en su seno a todos los hijos de un posible Dios que andará muy enfadado estos días por las fechorías de una mayoría intransigente y propagadora del odio. Esa mayoría ha protagonizado la noticia a golpe de esquela este fin de semana.
La comunidad homosexual está de luto desde la noche del sábado cuando en Tel Aviv fueron asesinados, a manos de un pistolero, dos jóvenes homosexuales. Al parecer todo ocurrió dentro de un club de reunión para jóvenes de esta condición sexual. Otras quince personas resultaron heridas, de las cuales seis aún continúan graves.
De nuevo el fundamentalismo religioso ha levantado la mano contra sus hermanos. De nuevo los ladrones de la "verdad" han despertado la ira de un dios que permanece impasible ante la injusticia y el asesinato de los buenos.
Sabemos que son muchos los que, creyendo poseer la revelación de lo alto, insultan y hieren a sus congéneres diferentes, como parece ocurrir dentro de las filas de determinados partidos ultraortodoxos donde se considera la homosexualidad como un pecado aberrante.
Es el perfecto caldo de cultivo para que, a la postre, un hombre entre en un pub encapuchado y con una pistola acabe con la vida de dos jóvenes en un santiamén. Este es el resultado de la permanente manipulación y la redirección hacia el odio y la homofobia que se profesa en algunos credos, como también ocrurre dentro de la propia cúpula del catolicistmo en la actualidad.
Afortunadamente en todos los lugares del mundo abundan las mentes cuerdas, lúcidas y amigas. Los rabinos de las corrientes más liberales del judaísmo ya han condenado este atentado contra el amor. A buen seguro aquel pastor de Harlem que nos conquistó con su labia lo habrá hecho este domingo. En Destierro lunar nos sumamos a la repulsa por estos atentados, indignados ante la sinrazón del que mata y peca doblemente por evitar el supuesto pecado de la homosexualidad.
"Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo". "No matarás" (Decálogo de los mandamientos).
"Dios ama a todos sus hijos sin importarle su condición sexual" (Rev. Dr. Calvin O. Butts, III, Pastor de un famoso templo de Harlem, 21 de diciembre de 2008).
"Dejad en paz a los homosexuales" (José Luis Rodríguez Zapatero, Presidente del Gobierno español en el discurso ante el Congreso de los Diputados, 30 de junio de 2005).


miércoles 29 de julio de 2009

Dos mundos juntos

Llegamos a Sant Carles de la Ràpita un tanto desorientados. No sabíamos exactamente qué papel habríamos de representar en aquel libreto escrito para la ocasión. Meses atrás habíamos conocido a Anna en Valencia durante la presentación de un documental sobre la convivencia de las familias homoparentales con hijos. Reconocí pronto su fisonomía, sus gestos y su voz. Era la madre-coraje con la que habíamos llorado la navidad pasada mientras brindábamos con champán rodeados de nuestros auténticos padres y madres; la madre-coraje que defendía la homosexualidad de su hijo a boca llena desde lo más profundo de España y de su convicción; la misma madre-coraje cómplice del universo rico, variado y único del hijo que le cogía devotamente de la mano para mostrarle todo su afecto durante unos minutos de grabación de aquel programa de televisión que hizo historia en nuestro salón.
Eso fue lo primero que supimos de la que sería nuestra otra familia. De repente, aquel personaje cotidiano, bañado en la humildad de su discurso en el momento de las presentaciones, pasaba a formar parte del mito. Era un nuevo referente sacado del anonimato y anunciaba la buena nueva de la normalización vivida en sus propias carnes. Sin saberlo, ella había conquistado la torre más alta de nuestro castillo.
Meses más tarde conocimos a su hijo. Anna dice que el destino nos tenía guardado ese encuentro. Sonrisa amplia, anchas espaldas, mirada pícara de un travieso niño grande que combate la injusticia con humor. Probablemente él estaba llamado a sentirse hermano nuestro desde el principio y nosotros a trasvasarle toda la experiencia atesorada durante estos años. Quizás un loco guionista de novelas surrealistas se había dedicado, en un tiempo impensable, a describir personajes y hacer el reparto de diálogos para que todo encajara correctamente. Aquella noche barcelonesa, preludio de una hermosa primavera, siempre la recordaremos como la noche en que conocimos a Andreu, el hijo valiente que salió del armario ante toda España cogido de la mano de su madre.
A la composición aún le faltaban pinceladas muy diestras para que acabase en obra de arte.
La (negada mil veces por mis labios) casualidad hizo que volviésemos a encontrarnos con Anna meses después. Orgullosos todos de vivir una condición sexual diferente desde la total normalidad, juntos en la misma causa reivindicativa, la manifestación del Orguyo Gay en Valencia posibilitó el volver a vernos. La iniciativa de invitarnos a su casa para las fiestas del pueblo hizo que saltara la chispa y se propiciara la amistad. Así fue como Anna convirtió, el pasado fin de semana, su localidad en una escuela de tolerancia y convivencia en la diversidad. Una preciosa adolescente, su hija, paseó blindada por muchos amigos de la causa una banda de honor en la que rezaba: "Associació de mares i pares de gais i lesbianes". Tal fue la habilidad de nuestra madre putativa que, más de una veintena de personas, nos vimos de repente en la presentación de una ofrenda en una iglesia y anunciados convenientemente por megafonía del mismo modo en que figuraba en la banda de nuestra musa adolescente. Anna y los suyos acababan de meter el mejor gol de la temporada y fuera de su campo.
Vicent es un atractivo hombre que ama la vida y eso se nota en cada uno de los surcos de su cara. Armonioso cuerpo de hombre entregado a la mar, bronceado cobre perenne y jovial alma plena de tesoros como los ocultos en los fondos marinos. Conocer a Vicent es toda una experiencia. Pudimos conversar con él de deporte, de baile, del sacrificio del trabajo y muchas cosas más desde la veteranía de su edad y el chisporreteo constante de sus ojos.
Ésta es nuestra nueva familia. No presenta deficiencias en valentía ni generosidad. Hospitalarios y excelentes anfitriones, mejores pedagogos fueron explicando a todo el pueblo, a través de su ejemplo, que es posible la unión de esos dos mundos, el heterosexual y el homosexual. O mejor aún, nuestra nueva familia nos recordó que jamás esos dos mundos debieron haberse separado. Como ellos mostraron ante el pueblo su unión en claro aval de sus ideas, así lo supieron entender los convecinos y así fuimos recibidos desde el máximo respeto y admiración.
Anna sigue preguntándose, como hacía en aquel documental de hace años, por qué no pueden convivir el mundo heterosexual y el homosexual unidos. Por qué tiene que haber gente que discrimine a Andreu o le impida ir cogido de la mano de su novio por la calle. Anna sigue haciéndose muchas preguntas. Pasará tiempo hasta que resuelva algunas. Otras no tienen explicación posible. En estos años desde que ella comenzó a cavilar ha visto que algunas no deben plantearse y que es mejor ignorarlas.
Y así pasará la vida plena de preguntas y respuestas, compartiendo entre todos nuestros miedos y esperanzas sabiendo que, una abuela moderna y experta en su tiempo, acunará a nuestro hijo mientras salimos de cena y echamos unas risas para frivolizar nuestros posibles dramas.
Siempre estaremos a vuestro lado para recordar, allí donde se produzca una mirada de desconfianza o miedo, que estos dos mundos nunca deben separarse.
Ahora, vuestra familia y la nuestra tampoco lo harán.

Dedicado a una madre-coraje y a toda su prole de héroes.
Dedicado a la gente de AMPGIL, ese ejército de la paz que, como Anna y los suyos, también nos ofrecieron su corazón estos días. Nos sentimos apadrinados y amadrinados por todos vosotros.
Gracias por ser la parte más hermosa de nuestros padres. Quizás la que nunca vimos en ellos.

martes 28 de julio de 2009

Dos mundos juntos. Preámbulo

En unas horas leerán un nuevo artículo en Destierro lunar: "Dos mundos juntos".
En esta ocasión les contaré lo vivido durante este fin de semana en un pueblo de Tarragona, gracias a la labor de una madre-coraje llamada Anna.
Siempre la recordarán por una frase que la ha hecho célebre sin ella pretenderlo. Una frase que ha de cambiar la mentalidad de muchos y derribar la barrera de la intransigencia y el odio que aún se mantiene en pie... "¿por qué no pueden convivir estos dos mundos juntos, el homosexual y el heterosexual y hacerlo en paz?".
Para Anna y todos los amigos que nos han ayudado a seguir creyendo en la bondad del ser humano estos dos días, "Dos mundos juntos".
Permítanme que me tome unas horas más de descanso. La nostalgia de la partida no me hace posible escribir con la lucidez adecuada.
Gracias y hasta muy pronto.

jueves 16 de julio de 2009

Digna, Dolores o Bernarda estrena prótesis para el alma

No recuerdo si en algún momento de la conversación me llegó a decir su nombre. Aquella señora se debería llamar Digna por su manera de mirar la vida; o Dolores por lo sufrido; o Bernarda por la entereza con la que ha encarado su historia.
Me crucé con ella hace unas horas en medio del pasillo de un ambulatorio. Desde ese momento no he parado de mirar en la pantalla de mi pensamiento los surcos de su piel y de admirar una especie de aura que la envolvía en la mística más cercana.
Digna tiene ochenta y cinco años y apenas se sostiene en pie. Arrancó hojas de muchos calendarios llorando amargamente. Entró a quirófano diecisiete veces por motivos distintos y algunos muy graves. Las cicatrices de la vida se debaten en duelo titánico con las del bisturí para tallar la figura maltrecha de una superviviente mil veces naufragada y reinventada. Reinventada en su casa, por ejemplo, al sufrir la muerte prematura de su esposo. Reinventada al salir cada día en busca de algo de pan, cuando empezaba a escribir su novela, en medio de un país con costra y hambre de pan y tiros.
Digna a los pies de una cama repintada de hospital esperando la recuperación de su hija que nunca llegó.
Digna porque sabe que hoy ingresará en aquel mismo lugar donde su hija murió.
Digna porque nunca peleó con su destino y lo asumió dócilmente.

Dolores llora desconsoladamente al recordar cómo fue todo. La vida fue cruel con ella y le quitó a dos de sus seres más importantes en los que piensa cada día antes de conciliar, por poco rato, el sueño. No tuvo bastante con asaetearla a dolores, calambres, espasmos de todo tipo, retortijones, bloqueos, lumbalgias, cervicalgias y más algias que la mortificaron siempre. La vida vino a ponerla a prueba con prótesis de casi cada articulación de su cuerpo. Aquellas heridas cicatrizaron pero no se conocen, hasta el momento, las prótesis para el alma.
Llora y paso mi mano (casi tan huesuda como la suya) por su hombro. "Ahí también hay una prótesis", me dice mientras lagrimea. Y entre gimoteos y pucheros sigue narrando su desdicha y su proeza (de la que no es muy consciente como buena heroína) al resistir los embates de un continuo fuerte oleaje. En estos momentos ya me parece un bebé que enternece y al que hay que mecer cantando una nana para serenarlo.

Bernarda no siempre es fuerte. Hoy casi no puede andar. Le fallan las rodillas, el corazón, le falla el brazo derecho y el izquierdo afecto por una trombosis añeja pero lo que nunca le falla es el recuerdo de los que vió marchar. Después de aquello su corazón se enfadó tanto que un cardiólogo lo bautizó como arrítmico y de apellido le puso Sintrón. Bernarda no quería vivir a partir de aquel momento, pero sintió después tantas veces ese mismo sentimiento, que ella misma se sorprende de lo soportado hasta hoy. Como en un juego maquiavélico, la fuerza de la misma naturaleza que la maltrataba, la mantenía viva en la partida. Y sola.
Bernarda vive sola en un pequeño piso de un modesto barrio de Valencia. Ella se cocina. Ella limpia su casa y ella va al supermercado. Me explica sus argucias para pedir al vecindario que le ayude a tirar la basura. Bernarda no es dependiente porque nunca sintió que lo fuera. Tantos han sido los zarpazos recibidos que ni tiempo tuvo para ir a su guarida a lamer las heridas. Siempre otro funeral y otro entierro. Cuando no era una fiebre era una nueva hernia y cuando no el hambre de los peores años de la dictadura. No obstante, nada la doblegó ante la vida. He ahí la fuerza de Bernarda.

Ha entrado antes que yo a la sala para ser vista por un médico. Después de un rato, una enfermera sube una silla de ruedas fría e impersonal como todas las sillas de ruedas. Esta no sabe a quién va a prestar servicio. Será en breve y, por poco tiempo, el trono de doña Bernarda.
Una puerta blanca mate se abre sin sonido (como ocurre inexplicablemente en algunos misterioros lugares ligados al sufrimiento humano). La enfermera se la lleva. Me mira sonriendo y exclama: "¡me llevan al hospital!" En el hospital todas las enfermedades posibles la conocen bien. A sus ochenta y cinco años Digna, Dolores o Bernarda es toda una veterana de guerra.
Imagino que al entrar por la puerta de urgencias le rinden honores los sanitarios. Imagino que las enfermedades se ponen enfermas al saber de su ingreso. Quiero imaginar que su marido e hija le esperan a los pies de una cama repintada y la invitan a caer en un sueño profundo y plácido y se marcha con la misma dignidad y fortaleza que vivió no teniendo ya que soportar ni un dolor más en ese alma santa en el anonimato.

Los sueños, a veces, se cumplen.
Hasta mañana Bernarda.

martes 30 de junio de 2009

Mañana será "otro" día

Por fin llegó el día esperado. Esta noche será una de ésas en las que la mente haga contorsionar al cuerpo. Ésta será una de esas madrugadas mágicas que marcan la vida de una persona porque el espíritu ansía la total liberación del cuerpo.
Mañana empieza el principio del fin.
Mañana comienza a escribirse el último capítulo de un libro breve lleno de contrastes. Y mañana paladearé, quizás, el éxito que la vida me depare o el dolor de la derrota que nunca subestimé.
Tanto en el éxito como en el fracaso se conoce al amigo y al oponente. Esta andadura también ha esclarecido asuntos, roles, palabras, conductas, silencios y más palabras.
No me importa lo duro que fue el camino. Siempre tuve corazones sensibles latiendo con el mio. Siempre palabras de ánimo y aliento en los momentos de desencanto y parálisis. Por ello ya soy el hombre más afortunado del mundo.
De entre todas esas voces que me levantaron, la de M. tuvo una especial resonancia para mí.
Sin duda le deberá la sociedad a él, en gran parte, mi desempeño como maestro. Él ha hecho posible también este sueño. O. fue otra de las compañías inestimables. Tenté a los dos como el mismo diablo, mostré a ambos mil tesoros si adoraban mis miedos y nunca titubearon. Siempre creyeron en mí. Mi hermana siempre ha dormido al lado de mis sueños. Hizo de respiración asistida si alguna vez entré en cuadro agudo y me preparó para la vida.
Con E. me unió una sonrisa eterna de esas que vencen a la muerte. Siempre seremos los dos el profesor-alumno de esos veinticinco temas de la vida.
Una especial mención para los que os sentisteis atraídos por mi vocación de maestro. Gracias por aguantarme en clave didáctica y pedagógica en el día a día y gracias porque, a veces, también desfallecí delante de vuestros rostros y jamás los volvísteis para otro lado.
A todos aquellos que pusieron palos en esta rueda imparable, gracias. Me hicieron ser más fuerte a través de sus ataques. Me blindaron de paciencia y comprensión y me entrenaron para el mañana.
Sin Alicia y su inspiración el motor jamás se habría puesto en funcionamiento. Ha escrito tantas lecciones en la pizarra de mi alma que siempre estaré en deduda con ella.
Gracias al padre y la madre que siempre imaginé y gracias a los que son. Sin ellos nunca habría sido el hijo que soy ni el que ellos quizá imaginaron que sería.
Aún queda una madrugada mágica de por medio. Mañana será "otro" día.


A todos los que hicísteis motivos para recibirlas, mis más sinceras gracias.

martes 9 de junio de 2009

Cosas de la democracia

"La derecha ha ganado las elecciones en Europa. El PP no ha perdido los comicios en España. El miedo se impone a la razón en el nuevo período que se abre".
Éste podría ser un resumen de lo acontecido el fin de semana pasado en el que urnas y recuentos han sido motivo de ilusión para unos y de frustración para otros. Nada nuevo bajo el sol. Para analizar el conjunto de los resultados hagamos una pormenorización de los hechos.
El PP no ha perdido los comicios en España. Obsérvese que no los ha ganado, sencillamente no los ha perdido. Los resultados obtenidos no han sido para tirar cohetes, como bien saben en la calle Génova, pero la situación era tan desesperada en este partido que cualquier signo positivo se había de sobredimensionar. Es el momento del asalto, han pensado los líderes populares: ahora o nunca. Porque la hoja de expediente de Rajoy como ganador de elecciones estaba por estrenar; porque los escándalos de corrupción dentro del partido abultan cada día más; porque el liderazgo de Mariano siempre ha estado en entredicho y por muchas cosas más, al PP se le ha aparecido la virgen con la crisis. Que me disculpe la directora de La tarde con Cristina de la emisora de los obispos por la blasfemia (ella es muy combativa en este aspecto), pero ha sido así.
La derecha española llevaba años agazapada esperando un momento de debilidad. Un momento como el presente en el que el paro sube y sube como la espuma y es irrefrenable la tendencia. Un contexto de desilusión en el que muchas familias se encuentran con platos únicos en la mesa o menú de comedor de caridad.
Que no se confundan en este partido por el bien de todo el país. No ha existido el voto de castigo masivo contra Zapatero y más bien se ha tratado de un toque de atención justificado por el desgaste de la crisis. Hoy ha dicho Fraga (ese hombre-holograma que anda por ahí suelto como recién salido de un bestiario medieval) que plantear una moción de censura sería un suicidio para Rajoy y los suyos. Yo me pregunto... ¿quiénes son los suyos?, ¿qué Partido Popular no ha perdido las elecciones, el de Rajoy y Cospedal o el de Aznar y Mayor Oreja?
Un par de flecos más por cortar. Lo acontecido en Valencia y Madrid, donde proliferan a sus anchas los presuntos delitos de corrupción, se llama corporativismo, cierre de filas. La derecha siempre se moviliza ante una llamada de auxilio. Suena el cuerno y empieza la danza de incondicionales acudiendo en peregrinación a votar. Mucho tiene que aprender de ella la izquierda española que no tuvo compasión con González y lo mandó a su casa a criar bonsáis cuando le salpicó el escándalo. Recuerden que la fórmula de votar tras ir a misa es la ideal. Es el plan perfecto para un domingo electoral: primero te envenenan con un tripi y después alucinas en colores.
La derecha ha ganado las elecciones en Europa. Sin fisuras ni posibles interpretaciones. Ni las políticas de Sarkozy, ni las de Merkel, ni las del polaco Donald Tusk, ni mucho menos las de Berlusconi son de mi agrado. La población europea ha hablado en las urnas pero eso es mucho decir. Algunos pensamos que ha balbuceado o enmudecido ante el panorama desolador de un viejo continente en creación que aún ve cercanos los fantasmas del hambre de otros tiempos.
Ha ganado el miedo a lo diferente, la exclusión y el racismo. Ha ganado el mensaje xenófobo que resaltaba la presencia de los inmigrantes entre nosotros como un peligro y no como una oportunidad. Y se ha premiado el escándalo y la corrupción de los que se pavonean a estas horas mostrando sus "triunfos" carentes de toda moral. Han ganado los de la moral, la única, válida y auténtica moral. Se pone en peligro así el derecho de muchos hombres y mujeres a llevar una vida digna acorde a su condición. Merman las libertades en nuestro suelo porque ahora el trabajador es más currante y el empresario más príncipe que antes. Se excluye lo diferente, lo que nos hace realmente ricos en sociedad. Los sociólogos se preguntan qué ha llevado a estos resultados en medio de una crisis con el cuño de la derecha. Algunos pensadores ya han dado con la otra piedra angular que faltaba. Las aturdidas sociedades posmodernas que poco saben de nada, tienen la firme convicción, no obstante, de que la derecha es capaz de gestionar mejor la economía que la izquierda. Ésta es la prueba inequívoca de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra. Los adoradores del altar de la doble moral ya se frotan las manos en Europa. Mis más sinceras felicitaciones a los ganadores. Una advertencia de la que han de tomar buena nota: en los tiempos presentes, los acontecimientos cambian a una velocidad de vértigo. Nada hay que la calle no pueda enmendar, ni siquiera los errores cometidos en las urnas. Quizá este segundo tropiezo sirva para que espabilemos y salgamos del letargo. Hace tiempo que llegó la primavera. Dicen que tras el verano todo empeorará. Por el camino que vamos a más de cuatro les pillará confesados. Mientras tanto yo prefiero sumarme a las palabras del presidente del grupo socialista en el Parlamento Europeo: "Intentaremos frenar las fuerzas incontroladas del mercado pero lo haremos desde una base menos sólida que antes". Dicho en román paladino: volvamos a las catacumbas con tal de ver medio lleno el plano. A ver si como pensaba Sancho, con la panza llena podemos pensar mejor.
Haciendo honores a la España de los ochenta en la que la televisión era todavía inocente y creativa, me despido con una frase de anuncio de los de entonces.
¡Pero qué cosas tiene la democracia!

jueves 4 de junio de 2009

Infiel a mi peluquera

Alejado como estoy estos días de mi compromiso de escribir esta bitácora, dadas mis obligaciones de opositor, algo ha pasado hoy que me ha hecho volver a la fuerza (aunque gustoso) al formato de reflexiones compartidas al que ya estoy acostumbrado.
Hace dos semanas convencí a un amigo para que me acompañara a la peluquería, ese lugar en el que practican la alquimia y a uno le convierten en oro de cuello para arriba.
Aprovechamos la salida e hicimos unas compras en un centro comercial y allí me cortaron el pelo, o me hicieron un desgraciado, según se mire. Conocí a una mujer joven y dicharachera (cualidad imprescindible para el oficio de cortapelos) que se enredó tanto en sus disquisiciones acerca de la máquina de aceleración de partículas y los orígenes del universo, mientras empuñaba la tijera, que salí de allí con una decena de trasquilones y la promesa de no volver a aquel lugar si no era para conversar, en medio de un café, con aquella amante de la ciencia-ficción.
He esperado dos semanas a tener algo de cabello (así reza en las cápsulas que he tomado para acelerar su crecimiento) e intentar arreglar el desaguisado consultando con mi peluquera de referencia. Nada hay que ella no pueda enmendar, ningún roto que se le resista para ser zurcido por sus hábiles manos. Y ninguna paz es mayor que la de reencontrarse uno con su imagen habitual frente al espejo, sin grandes virtudes pero carente de destacables defectos, que es de lo que se trata. He vuelto a sus brazos hoy, a los de mi estilista de barrio y ella me ha mirado al entrar y se ha sonreído. Sabía que le había sido infiel. Sabía que había sido débil al correr a otros brazos o a otras manos y que ahora buscaba su consuelo para recobrar mi imagen. Sin rechistar, sin desaire ni un ápice de reproche en sus labios, ha cogido la tijera y cargada de comprensión y oficio me ha devuelto a la vida. Parecerá absurdo el comentario pero no tiene ni un pelo de exagerado. Al perder nuestros signos de identidad o al minimizarlos, nos sentimos sin rumbo y sin esencia. Muchas veces lo accidental, por cotidiano, pasa a formar parte del universo de lo sustancial. Eso le ocurre a mi cabello.
La reconciliación no ha podido ir mejor. No voy a dar hilo a la cometa de mi narración en este sentido, siento decepcionar a tanto morboso como hay por la vida.
Dentro de la peluquería he asistido a una conversación entre la dueña y una clienta. Ambas se quejaban del trato que propinan a la gente ciertos colegios concertados religiosos de Valencia, no aceptando algunos expedientes y siendo demasiado estrictos con las normas de admisión. En medio de la conversación aparecí yo con mis quejas habituales hacia la gestión de estos centros financiados con el dinero de todos los contribuyentes. Sabía de antemano que la propietaria de la peluquería era "de la obra" como ella misma no paraba de repetir y que la clienta era religiosa de las de golpe en el pecho, por pistas que ella misma había dado.
No me pregunten cómo pero de repente la clienta me estaba diciendo que a ella eso del matrimonio homosexual le parecía fatal porque no entendía que se llamase así. Cuál fue su sorpresa cuando me pregunta a mí sobre ese asunto y le respondo que estoy casado con un hombre. "Pero...¿casado, casado?", me pregunta la señora. "Casado, casado", le contesto yo.
La conversación ha mantenido desde el principio la elegancia dialéctica que enseñan en los colegios de pago. Tanto la dueña del negocio como su clienta habían sido educadas entre algodones. Yo también. Hemos hablado de órdenes religiosas, del Papa, de la tolerancia de la Iglesia, de los valores, de los cambios sociales  y de "la obra" sin faltar a nuestro compromiso de ser educados. Entre dolor y rabia la clienta nos confiesa que tiene un hermano homosexual. La conversación da un giro inesperado. Un hermano que se casó con una mujer y que hoy tiene descendencia. Un hermano, dice ella, que siempre ha sido desdichado por ocultar una realidad que tan sólo compartió con ella.
Entonces tengo el combate dialéctico ganado. Lo tenía desde el principio, pues me asistía el sentido común. Tengo que dosificar mis fuerzas y mis formas se han de suavizar aún más fuera de toda vehemencia. Estoy delante de una víctima de un sistema hipócrita y corrompido que escribió parte de la historia de miles de familias en nuestro país. La comprensión y la humanidad apuntalan ahora las palabras que escojo. La clienta me mira y se lanza a besarme. La dueña del local admite que ella está a mi lado y que le haría muchísima ilusión que le presentara a mi marido y, algún día, a un futuro hijo nuestro. Mi peluquera observa la escena y apunta: "Desde el primer día supe que eras un tío majo. Me alegro mucho de haberte conocido".
La clienta me da un último abrazo quizá fundiéndose con su propio hermano y me dice aquello que siempre quiso decirle a él con un gran nudo en la garganta: "Hoy he entendido mejor que nunca a mi hermano, su vida promiscua e infeliz. Quizás hoy deje de juzgarlo y empiece a reconocerle como una víctima más de aquella moral dañina que se enseñaba en nuestros colegios".
Antes de marcharse añadió: "Vive tu vida y cógele la mano a él (a tu marido, traduzco) y sed muy felices los dos ahora que podéis".
Tenía que pasar por el supermercado a hacer unas compras. Entenderán que no he podido hacerlo después de la escena que la vida me tenía reservada esta mañana.
Entenderán que dedique estas palabras a todos aquellos que se vieron obligados a vivir una vida que no era la que querían. Lo entenderán. Y de ese entendimiento nacerá la lucha para erradicar la injusticia y dejar de sacrificar vidas inocentes por un sistema repugnante que causó las lágrimas que hemos llorado esta mañana.