sábado, 18 de abril de 2009

Más pan, menos circo y otra tribu

Pecarían de ingenuos si creyeran que lo de esta noche no está perfectamente orquestado. Atiende a los intereses de la élite del momento. Ésa que decide por nosotros lo que nos es conveniente o no saber, lo que hemos de pensar en cada momento y la que nos dicta cómo hemos de analizar los acontecimientos de nuestros días.
La noche televisiva de este viernes prometía. Volver a encontrarme con Sardà me ilusionaba. Dicen algunos que este magnate de los medios tuvo, años atrás, momentos estelares en la radio. Luego dejó el micrófono y dio el salto a la pequeña pantalla para permanecer en la hora golfa interminables temporadas con una especie de magacín vacuo que acabó siendo aborrecido hasta por sus incondicionales. De todos modos, para cuando el "cazatalentos" de la tele había decidido marcharse se había llenado ya los bolsillos y el ego de algo más que de gloria. Su nombre formaba parte ya de esa lista de Midas de la televisión. Después de aquello su también famoso retiro meditativo dio mucho que hablar. El creador revisando su criatura.
De la cantera de Xavier Sardà han salido personajes de todo tipo pero en su mayoría han sido descubrimientos rozando lo grotesco, lo absurdo, el sinsentido, el esperpento y lo caricaturesco. Su humor encajó perfectamente en el contexto de madrugadas echadas a perder por adolescentes trasnochadores oyentes de fantasiosas narraciones de imaginarios personajes: guardiaciviles divorciados de hijas de folclóricas, hombres con malformaciones contando chistes, gays gritones en gayumbos, cantantes retirados metidos a opinadores de todo, pendones paseadores de plató y un larguísimo etcétera que compone el reparto de este guión torcido con tufillo progresista. Pero el producto caló y la audiencia o la ausencia de mejores propuestas en la programación por aquellos años (eterno debate sin respuesta hasta el momento) hicieron que el programa marciano se consagrase.
Hoy tenía la esperanza de ver en televisión al mejor Sardà. A ese que me cuentan que fue una vez. A ese que hacía humor artesano lleno de vitaminas contra la depresión.
Me habría encantado reconciliarme con el intelectual que es perdonándole su vuelta a la televisión. Había soñado con algo mejor hecho, alejado del griterío y el aspaviento de sus peores años. Quería que volviera el Sardà-Casamajor que nunca debió marcharse. Quería al hombre lúcido que se esconde tras ese otro alterego siempre enfermo de protagonismo. Y, como no, esperaba de su tribu la misma compostura y brillantez con la que nos ha cautivado a muchos fuera de este bosque de focos en el que todos se mueven a ritmo frenético y agotador.
Se rodea de lo más granado para sus empresas, he ahí una de las claves de su éxito pero, lamentablemente, siempre explota la peor de las facetas de los que le acompañan.
Desde mi desilusión pensé que quizá este nuevo fiasco tenga mucho que ver con el grave momento de dificultades que atravesamos. Pronto el paro llegará a alcanzar la cifra de cuatro millones. Es momento de subir el telón para que comience el espectáculo, han pensado sesudos ideólogos y programadores de televisión. Entonces, ¿quién mejor que Sardà y sus viejas glorias para mantener al país en calma? Pero todos sabemos y más los que en alguna estima le tenemos, que el jefe y su tribu pueden hacer cosas mejores rozando incluso lo sublime.
El pueblo pronto empezará a reclamar más pan. Algunos ya queremos menos circo.

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