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martes, 5 de mayo de 2009

El taller de las calabazas

El taller de las calabazas es un lugar imaginario habitado por personajes de cuento. Como ocurre siempre con los parajes mágicos no es fácil llegar hasta él pues lo guarda celoso algún monte de la Sierra Almijara que mal hacen los cartógrafos de dibujar en sus mapas.
Al atravesar el umbral de su puerta supimos de inmediato que estábamos en un templo de la creatividad detenido en el pasado. Antes, las persignaciones sin quitarse el sombrero. Luego el embelesamiento con la obra pues nunca nadie dio más por unas calabazas como aquel plagio de cantautor manchego, maestro de colores y formas a punto de quedarse huérfanas. Lustros de trabajo manual acompañado de interminable monólogo interno. Observancia del mundo a través de una vidriera de múltiples cristales de distinta graduación. Babel de obsesiones teñidas de pigmentos y reconciliadas eternamente con gubias y aperos desgastados de sabio artesano. Estanterías repletas de anhelos y pesares mientras la mano mueve la mente y ara surcos transitados tantas veces. Guarida mágica convertida en altar donde adorar a dioses generosos que procuraron pan duro y maná caducado a veces. Biblioteca de pragmatismo silencioso y colorista de un loco tentado por la cordura del silencio. Historias escritas en el lenguaje de las golondrinas de este verano.
Desarraigado del ruido que escribió donde yo leí y ahora os cuento los misterios de su alquimia:
un candelabro calabacero... el nacimiento del primer hijo;
aquella lamparita de noche calabacina... una depresión de otoño;
esos pendientes rojos calabazotes... una oportunidad para subir la venta;
esa palmatoria triste calabazona... la alegría de una sonrisa inocente;
un collar de los domingos calabacín... la elegancia de aquella cena;
sonora pulsera mate calabaza... brillo de ojos que le esperan.
El taller de las calabazas exite. Yo supe de sus historias en medio de una siesta bruja de domingo en lunes y por eso os las cuento.

Dedicado a Amador por sus pausadas palabras en aquel mediodía en Frigiliana.

lunes, 23 de marzo de 2009

La tarde de Ronda

Por una tortuosa carretera que profana un frondoso bosque se llega a Ronda, ciudad taurina y romántica.
El Parque Natural de la Sierra de las Nieves está esculpido en la roca con cincel de agua dulce. Los pinsapos milenarios reciben hospitalariamente al visitante capitalino de pulmones embotados por humos de urbe tóxica.
Corona la escena un cielo roto como por el mismo Greco y el sol ilumina un rocío prehistórico proyectándose uniformes sombras en el mantillo verde.
Al medio día nuestros pies de caucho nos dirigen a la Casa del Rey Moro para remozarnos con las milagrosas aguas del río Guadalevín. Rodeados de jardines afrancesados enmarcados en vistosa azulejería, reposan allí palabras quebradas por cumbres y sueños de poeta en desengaño.
Escaleras que ahora suben
peldaños que nunca descienden
da gritos de pena el monte
por los hijos que se mueren.
Bajo un calvario de cruces
raspadas en la roca fría por algún pío cristiano
nos cruzamos con una Princesa mora
y su Príncipe sevillano.
Ella es guerrera noble
con alma de vieja gitana
conocedora de hechizos
que hacen serenar los dramas.
Él de tez fina y engolfada
verbo fácil y risueño
de espaldas anchas y prietas
buenas para limpieza de espadas.
Nosotros, dos gorriones huérfanos
de calle empedrada
cantando versos y ensalmos
a viandantes presos en sus telarañas.
Aquellos ojos morunos
de recta mirada
nos hicieron comprar sedas
en el zoco de su plaza.
Aquellas valientes manos
de pluma gruesa empuñada
fueron el deleite mío y de mi amado
en camas soñadas.
Luego se pasó la tarde
a la callanda
las hiedras fueron testigo
del partir y las miradas.
Llegó un ocaso más joven
que puso en vilo estas carnes tan rasgadas
de llegar siempre a deshora
de músicas descompasadas.
Quedan por siempre sus tallas
y el placer de contemplarlas
como versos rotos quedan
por recomponer en Málaga.

Por lo soñado en Ronda, vivido donde se viven los sueños.
A los compradores de nuestros ensalmos.

viernes, 20 de marzo de 2009

Cercano siempre a la locura

Hay un cementerio en el que me gustaría vivir. Se encuentra en algún punto perdido de la geografía andaluza hermanado con Málaga.
Desde él se puede ver amanecer poseyendo el sol y envolverse con las nubes que coronan la montaña que observa la esotérica estampa.
Sus privilegiados habitantes reposan en la misma eternidad que soñó Antonio Gala, dejando su alma caer entre versos lorquianos, verdes que te quiero verdes prados, verdes ramas...
En las calles huele a azahar durante las breves noches de verano mientras el grillo regala a la luna interminables sinfonías de cuerda.
La cal de sus casas me trae a la mente un gran libro, uno sin principio ni fin en el que pueden leerse vidas ahora silenciadas, en el que se escribirán más romances y sueños por cumplir que quedaron emborronados bajo aquella falda larga y negra.
Su enterrador es un hombre curtido por el mismo sol y la misma luna cómplices ahora de sus locuras y hechizos para burlar a la muerte.
Es dicharachero y mira a los ojos como el pocero amarra el cubo para extraer líquido del fondo.
Se sabe importante porque es guardián de promesas incumplidas y es una frágil columna pensada para permenecer recta pero constrída de materiales innobles.
Cuenta que un día vio pasear por callejuelas a familiares y amigos y también los vio en el mercado o arrancando tomillo en el monte durante aquella romería en honor a San Sebastián.
No quiere tropezar con aquel osario de dramas pero cada día se topa con él para dar fe de lo efímero del hombre. Se refugia tras una espesa cortina de humo y de esa forma, siendo a la vez hombre y niño en pleito, enternece al visitante.
Se cita allí cada día con el duende y la guitarra mientras cava con su pala un nuevo agujero de llantos. Cercano siempre a la locura, siente la soledad sostenida entre el principio y el fin y espera que aquel humo le haga ver otra cara del hombre y sus anhelos.
Si os perdéis por un bosque de matorral y olivo coronado por un sol justiciero que envía lanzas prendidas desde lo alto al eclosionar la primavera, si vuestros pasos os conducen por algún motivo incierto hasta aquel Pueblo Divino tocado de la pureza del blanco, preguntadle a él por este viaje. A buen seguro os acogerá con el graciejo de los lugareños y la sabiduría del filósofo griego. Si ya no está, no se apene vuestro corazón pues se reunió con los suyos en aquel pueblecito blanco o metálico como la luna.