Hace años conocí a una persona de esas que contagian al resto con su energía y su manera de mirar la vida enamora.
Los estudios nos unieron cuando salíamos de la adolescencia (o nos metíamos en una tardía) y ya ha llovido desde entonces. Mi amiga se hizo maestra, como yo. Después encontró a un hombre que la quiso, como yo. Mi amiga siguió estudiando para hacerse un hueco en el mundo laboral, con mejor suerte o más empeño que yo. Finalmente se casó cuando quiso y yo cuando la ley me lo permitió. Atravesó la experiencia de hacerse madre y acunar entre sus brazos a un pedazo de ella misma. Nosotros tenemos previsto transitar el camino de la adopción en un futuro no muy lejano.
A lo largo de estos años siempre he permanecido unido a ella como por un hilo mágico de esos de los pescadores que son trasparentes pero que te hacen caer si no los adviertes. Nunca faltó una llamada y si faltó no me acuerdo. Como el imán y el hierro, mi amiga de cacerías nocturas y repasos de última hora. Mi compañera de juegos seductores y sabia consejera. Mi soporte al tambalear y yo su faro en mitad de un puerto.
Ahora, cuando el programa de lavado estaba a punto de acabar, ha empezado a centrifugar. Todas sus piezas se agitan y se gritan las unas a las otras y chirrían como perros ladrando a la luna. Su alma está hecha girones y sus lágrimas padecen de sequía. Su Luz titila. La mecha que le daba vida se deshilacha. Las letras de su libro se emborronan y se juntan y apartan a una velocidad de vértigo. No puede aguantar más llagas ni más desesperanzas hasta quedar roída.
Le pido que venga hacia mi. Le doy patadas a este programador pirado que tanto desaguisado ha hecho. Maldigo los días pasados por lejanos, por perdidos entre las tinieblas de este presente incierto. Le grito al cielo que pare, que cese la avalancha de horrores que con tanta ira la tiranza. Y no cesa. Y no para el río de desbordarse aunque lo aten.
Pide perdón al cielo y sus ángeles. Habla con Dios y sus demonios mas nadie escucha al otro lado. Nadie le tiende la mano para salir al aire y respirar como antes, como aquellos días en que respirábamos tirados en el césped del parque de nuestras fantasías.
Su infierno la devora alimentado por la soledad y el miedo. Y a estas horas se retuerce allí tirada , volviéndole la cara a la vida, consumida en su dolor y espanto. Esperando que vida o muerte traigan paz a su mente, escenario de penurias en letanía.
Con un murmullo ligero me acerco hasta ella. Yace ahí pero no está. El combate la mantiene abstraída. Sé que mi caricia será sanadora. Conozco algunos secretos y los guardo con cautela para la ocasión. Mi ungüento servirá a sus heridas que son también mías.
Como ayer nos unieron las sonrisas al creernos invencibles, eternos y hermosos, hoy los dolores de esta guerra encallecen nuestras conciencias hasta hacerse una.
Todo por ella. Todo por E. Todo por cercar ese infierno de una amiga mía. Todo por secuestrarla del mundo de las manías. Si alguien la encuentra que me la traiga. Le pondré la medicina de mi propia alma llagada.
Para E.
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jueves, 12 de febrero de 2009
miércoles, 4 de febrero de 2009
Ad eternum
Le debemos al cineasta norteamericano Woody Allen el éxito de haber acercado al gran público la figura del psicoterapeuta. Muchos de sus personajes reflejan sus aparatosas neurosis postrados en un diván. Pero Allen se ríe a menudo de esa clase médica enredada en sus propios tecnicismos y lejana a toda realidad en la vida de sus pacientes. Critica duramente las terapias interminables (inspiradas en el psicoanálisis tradicional) que sondean y sondean el pasado del hombre a su vez impotente por no alcanzar nunca la ínsula prometida: la felicidad.
De todas formas todo este universo de guiones y fotogramas ha contribuído, entre risas y llantos, a acercarnos a esa figura del responsable de nuestra salud mental.
En EEUU sigue siendo un signo de cierta distinción acudir a la consulta del psiquiatra una vez a la semana, como quien acude a hacerse la manicura o a la peluquería a arreglarse las puntas.
En Europa las cosas difieren bastante de aquella realidad. Los "loqueros" no terminan de estar bien vistos en nuestra sociedad, acostumbrada durante largos siglos a apañárselas con el cura, el boticario o el alcalde. A la perpetuación de estos prejuicios contribuyen dos elementos: el desconocimiento y miedo que el pueblo de a pie sigue teniendo ante la enfermedad mental y, la frivolidad con la que afrontamos el diagnóstico del trastorno mental en nuestro medio.
De otra parte tenemos el propio desprestigio de la profesión por parte de sus especialistas, incapaces no pocos de distinguir entre un síndrome ansioso-depresivo y una psicosis severa. Atentos muchos al bolsillo, se tornan especialistas en estirar terapias ad eternum.
Mi psicólogo forma parte ya de mi vida más íntima. Ha entrado en mi al despojar mi alma de sus miedos, al prender fuego a las voces que nos envenenan. Desde su caluroso afecto me ha hecho conocer la paz. No me ha ganado por el camino de los tecnicismos, ni de las escuelas en boga, ni las tendencias cognitivas de las que se habla en los programas de Punset. No. Me ha abierto su mano trascendiendo su credo, su sexualidad y su condición de vulnerable para regalarme sus terrores y los antídotos que ha patentado en su laboratorio: la vida.
Es maestro de buenas escuchas y transmisor de secretos en sus silencios.
Tropieza a menudo, como yo. Lucha contra las voces odiosas que nos acosan por ser hombres y mujeres y tener cara, y brazos, y ojos y orejas.
Elector del amor y tirano con el miedo. Padre putativo de almas en pena, como la suya, como la nuestra.
Aprendiz de monjas y maricones, de políticos y poetas. Generoso contador de cuentos terapéuticos con finales a veces felices. Acróbata en medio de mis sueños.
Y en medio de mi ser, él. Y a través de mis locuras, mis demonios y temblores he llegado hasta él.
"Le doy un año más a mi psiquiatra y si no me voy a Lourdes".
Protagonista de Annie Hall. Woody Allen, 1977.
"No tengo ni idea del tiempo que durará más mi terapia. Tampoco me preocupa controlar ese aspecto. Quizás éste sea otro síntoma de que me estoy curando".
Protagonista de Destierro lunar. J, 2009
Hasta mañana O. Hasta mañana J.
De todas formas todo este universo de guiones y fotogramas ha contribuído, entre risas y llantos, a acercarnos a esa figura del responsable de nuestra salud mental.
En EEUU sigue siendo un signo de cierta distinción acudir a la consulta del psiquiatra una vez a la semana, como quien acude a hacerse la manicura o a la peluquería a arreglarse las puntas.
En Europa las cosas difieren bastante de aquella realidad. Los "loqueros" no terminan de estar bien vistos en nuestra sociedad, acostumbrada durante largos siglos a apañárselas con el cura, el boticario o el alcalde. A la perpetuación de estos prejuicios contribuyen dos elementos: el desconocimiento y miedo que el pueblo de a pie sigue teniendo ante la enfermedad mental y, la frivolidad con la que afrontamos el diagnóstico del trastorno mental en nuestro medio.
De otra parte tenemos el propio desprestigio de la profesión por parte de sus especialistas, incapaces no pocos de distinguir entre un síndrome ansioso-depresivo y una psicosis severa. Atentos muchos al bolsillo, se tornan especialistas en estirar terapias ad eternum.
Mi psicólogo forma parte ya de mi vida más íntima. Ha entrado en mi al despojar mi alma de sus miedos, al prender fuego a las voces que nos envenenan. Desde su caluroso afecto me ha hecho conocer la paz. No me ha ganado por el camino de los tecnicismos, ni de las escuelas en boga, ni las tendencias cognitivas de las que se habla en los programas de Punset. No. Me ha abierto su mano trascendiendo su credo, su sexualidad y su condición de vulnerable para regalarme sus terrores y los antídotos que ha patentado en su laboratorio: la vida.
Es maestro de buenas escuchas y transmisor de secretos en sus silencios.
Tropieza a menudo, como yo. Lucha contra las voces odiosas que nos acosan por ser hombres y mujeres y tener cara, y brazos, y ojos y orejas.
Elector del amor y tirano con el miedo. Padre putativo de almas en pena, como la suya, como la nuestra.
Aprendiz de monjas y maricones, de políticos y poetas. Generoso contador de cuentos terapéuticos con finales a veces felices. Acróbata en medio de mis sueños.
Y en medio de mi ser, él. Y a través de mis locuras, mis demonios y temblores he llegado hasta él.
"Le doy un año más a mi psiquiatra y si no me voy a Lourdes".
Protagonista de Annie Hall. Woody Allen, 1977.
"No tengo ni idea del tiempo que durará más mi terapia. Tampoco me preocupa controlar ese aspecto. Quizás éste sea otro síntoma de que me estoy curando".
Protagonista de Destierro lunar. J, 2009
Hasta mañana O. Hasta mañana J.
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jueves, 15 de enero de 2009
Madre de los enfermos terminales
Agradezco mucho el hecho de que existan programas de radio como "Afectos en la noche". Descubrí este espacio en medio de la ondas casi por casualidad, debido a mis trastornos de sueño justo antes de una intervención quirúrgica. Los "afectos" se emiten por RNE y su presentadora es Silvia Tarragona. Les invito a que escuchen esa voz y me digan si, alguna vez, se habían encontrado con algo tan sensual para sus oídos.
Pero no escribo sobre un programa de radio sólo por el tono melódico de su presentadora. Los contenidos de este espacio me han cautivado. La pasada noche se trató el tema de la muerte.
Como muchos ya saben acabo de enterrar a mi abuela, para mí una madre. Pero mi interés sobre la muerte me viene de adolescente. De joven quedé fascinado por la lectura de "Vida después de la vida" del afamado psiquiatra Raymond Moody. Allí se recogían sus conocimientos y observaciones sobre las experiencias cercanas a la muerte de sus pacientes.
Se tachó al doctor Moody de embustero y la ciencia ortodoxa le aborreció. Tanto se le presionó que acabó retractándose sobre lo escrito de la superviviencia de la mente (o alma) al morir.
Han pasado muchos años desde aquello. El tema vuelve con fuerza a los medios pero ahora, una élite científica, parece ser la interesada en estudiar en primera línea todo cuanto esconde este enigma.
Psiquiatras de reconocido prestigio, psicólogos, geriatras, oncólogos y otros perfiles profesionales se sumaron hace pocas semanas a la celebración del Primer Congreso Internacional sobre experiencias cercanas a la muerte.
Afectos en la noche no trató el tema desde este ángulo expresamente. A mí me descubrió la figura de Elisabeth Kübler-Ross, la madre de los enfermos terminales.
Esta doctora de origen suizo entregó su vida a asistir a los moribundos de media Europa. Trabajó altruístamente con enfermos de SIDA y niños deshauciados de la medicina.
Pronto se percató de que había vida después de la muerte. Quizá nunca lo había dudado pero le faltaba la confirmación que le vino de la experiencia de su propia labor humanitaria.
Según esta doctora todos tendremos que responder algún día a esta pregunta: ¿qué has hecho tú por los demás?
Gracias a Silvia Tarragona y su equipo se me abre una nueva línea de investigación sobre tanatología. Un nuevo testimonio de vida para meditar y comunicar a mi alrededor. Es momento de recogerme en sus obras y escudriñar su mensaje.
Algún día espero compartir con ustedes mis aprendizajes de la madre de los enfermos terminales. Para ser justos he decidido que partamos del mismo punto. Les presento a la protagonista de mis próximas lecturas y reflexiones. De entrada quédense con la pregunta inicial que me mueve a seguir su pista: ¿qué han hecho en sus vidas por los demás?
Impedida, postrada en una cama durante sus últimos años, la doctora no podía entender por qué su agonía duraba tanto. Un día recibió la respuesta de un Dios que habla por medio de cualquiera de sus criaturas: "Tanto has dado tú por los demás que no podías partir sin aprender a recibir tú también. Esto necesitabas aprenderlo antes de morir".
"En la vida sólo podemos elegir transitar por una de estas dos vías: la del amor o la del miedo."
Elisabeth Kübler-Ross. 1926-2004. Madre de los enfermos terminales.
Hasta mañana programas que dan vida y quitan sueño. Hasta mañana radio de mis ansias y anhelos. Hasta mañana buscadores de nuevas formas de fe. Hasta mañana J.
Pero no escribo sobre un programa de radio sólo por el tono melódico de su presentadora. Los contenidos de este espacio me han cautivado. La pasada noche se trató el tema de la muerte.
Como muchos ya saben acabo de enterrar a mi abuela, para mí una madre. Pero mi interés sobre la muerte me viene de adolescente. De joven quedé fascinado por la lectura de "Vida después de la vida" del afamado psiquiatra Raymond Moody. Allí se recogían sus conocimientos y observaciones sobre las experiencias cercanas a la muerte de sus pacientes.
Se tachó al doctor Moody de embustero y la ciencia ortodoxa le aborreció. Tanto se le presionó que acabó retractándose sobre lo escrito de la superviviencia de la mente (o alma) al morir.
Han pasado muchos años desde aquello. El tema vuelve con fuerza a los medios pero ahora, una élite científica, parece ser la interesada en estudiar en primera línea todo cuanto esconde este enigma.
Psiquiatras de reconocido prestigio, psicólogos, geriatras, oncólogos y otros perfiles profesionales se sumaron hace pocas semanas a la celebración del Primer Congreso Internacional sobre experiencias cercanas a la muerte.
Afectos en la noche no trató el tema desde este ángulo expresamente. A mí me descubrió la figura de Elisabeth Kübler-Ross, la madre de los enfermos terminales.
Esta doctora de origen suizo entregó su vida a asistir a los moribundos de media Europa. Trabajó altruístamente con enfermos de SIDA y niños deshauciados de la medicina.
Pronto se percató de que había vida después de la muerte. Quizá nunca lo había dudado pero le faltaba la confirmación que le vino de la experiencia de su propia labor humanitaria.
Según esta doctora todos tendremos que responder algún día a esta pregunta: ¿qué has hecho tú por los demás?
Gracias a Silvia Tarragona y su equipo se me abre una nueva línea de investigación sobre tanatología. Un nuevo testimonio de vida para meditar y comunicar a mi alrededor. Es momento de recogerme en sus obras y escudriñar su mensaje.
Algún día espero compartir con ustedes mis aprendizajes de la madre de los enfermos terminales. Para ser justos he decidido que partamos del mismo punto. Les presento a la protagonista de mis próximas lecturas y reflexiones. De entrada quédense con la pregunta inicial que me mueve a seguir su pista: ¿qué han hecho en sus vidas por los demás?
Impedida, postrada en una cama durante sus últimos años, la doctora no podía entender por qué su agonía duraba tanto. Un día recibió la respuesta de un Dios que habla por medio de cualquiera de sus criaturas: "Tanto has dado tú por los demás que no podías partir sin aprender a recibir tú también. Esto necesitabas aprenderlo antes de morir".
"En la vida sólo podemos elegir transitar por una de estas dos vías: la del amor o la del miedo."
Elisabeth Kübler-Ross. 1926-2004. Madre de los enfermos terminales.
Hasta mañana programas que dan vida y quitan sueño. Hasta mañana radio de mis ansias y anhelos. Hasta mañana buscadores de nuevas formas de fe. Hasta mañana J.
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