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martes, 9 de diciembre de 2008

A tan sólo trescientos euros de distancia

El país del yogur y de la democracia, ese mismo al que siempre miran los homosexuales idílicamente para explicar cómo sus antepasados consiguieron días de perfecta conviviencia y tolerancia entre toda condición sexual, se halla sumido en una de las mayores crisis de sus últimos años de historia.
Miles de manifestantes han tomado las calles armados con adoquines, bates y cócteles Molotov en muestra de su monumental enfado debido a diferentes causas. La crisis económica mundial ha sido la enésima puñalada que recibe a estas horas una sociedad rota y defraudada por la clase política. Pero el embrión de la desgracia comenzó a gestarse hace unos años, en el momento en que Grecia se sube al carro del euro. La vida se encarece tanto y los sueldos se petrifican del tal modo que la tensión social va en aumento. Desciende de manera notable el consumo y cae en picado la capacidad adquisitiva de las clases medias. Para entenderlo mejor, hoy se habla en Grecia de toda una generación ahogada sin posibilidad alguna fuera de la mera supervivencia: la generación de los setecientos euros. Muchos de esos vándalos que queman escaparates de tiendas, coches y contenedores estos días son muchachos jóvenes sin trabajo. El paro en Grecia llega a alcanzar unos niveles tan alarmantes como merecedores del primer puesto en el ranking europeo.
Luego tenemos lo de los políticos, esa especie aparte que parasita (en ocasiones) viviendo de la ciudadanía pero de espaldas a ella. Y eso es precisamente lo que ha pasado en Grecia. El descontento es tanto y tan profundo que ha bastado un sólo grito de guerra para que la manada se una sin dilación presta a tomar la calle y asumir el control ahora a la deriva. Las bases de la educación también pincharon hace años. Los jóvenes que se expresan vienen sin encontrar su sitio en las aulas desde hace ya un tiempo. Su lenguaje no puede ser otro que el del empujón y el grito, por cierto el mismo con el que han sido tratados ellos.
El Gobierno de derechas se defiende. No da muchas explicaciones y las que da no convencen de la ubicación exacta de los dineros inyectados para resucitar al muerto bancario. Las pensiones de los que tiraron del país a sus espaldas están en grave peligro y mañana Grecia amanece en Huelga General.
Regresemos a casa por un momento. La educación aquí es uno de los fracasos rotundos de nuestro período democrático. La clase media española resiste mal, muy mal los envites de la crisis mundial. Se suma el drama derivado del paletismo ladrillil recién explotado. Una juventud desilusionada y que abandona prematuramente su formación para llevarse a los bolsillos mil miserables euros al mes y una fauna política en busca de mejor calificativo. Mi madre, pesimista ella por naturaleza, dice que a esto le ve muy mala cara. España está en la ruina dice ella con su gramática parda. Mañana le contaré que hoy me he enterado de que estamos justo a trescientos euros de distancia de la ruina. ¡Qué miedo, sólo trescientos euros nos separan del caos! Mi madre meneará la cabeza y, en breve, se saldrá con la suya. Nuestro orden social ahora sabemos que tiene un valor de trescientos euros. Es el precio que se ha puesto a la nueva savia que había de regenerar Europa. Hasta aquí nuestra última clase de economía aplicada. Próximamente más.
Hasta mañana hermanos de la pobreza. Hasta mañana gobiernos en evidencia. Hasta mañana país en aparente calma. Hasta mañana J.

sábado, 29 de noviembre de 2008

A pedir a la puerta de la Iglesia

Vengo observando desde no hace poco tiempo que los pobres de solemnindad, los pobres de entre los pobres que bautizó Teresa de Calcuta, ya no reclaman caridad crisitiana a las puertas de las iglesias (todo un clásico) sino que tiran de la saya pagana a la salida de los Mercadona. El atemporal libro El Lazarillo de Tormes, que recomiendo encarecidamente a mis alumnos siempre que tengo oportunidad, nos mostró la brillantez de la picaresca de quienes se ven en la puta calle pasando frío y hambre. Los pobres de entre los pobres, los sintecho, los desheredados de la tierra conocen a la perfección los movimientos de la sociedad a la que reclaman la subsistencia. Estudian sus pasos y costumbres porque observan el mundo desde primera hora de la mañana hasta el último rayo de sol. La calle es la pizarra donde leen los renglones de sus vidas. Toman como suya la ciencia de la observancia de los antiguos filósofos griegos. De este modo son los más aptos para hacer un retrato veraz de los que desfilamos ante sus apagados ojos.
Algunos estarán pensando que me olvido de que estas personas suelen ser polienganchados que necesitan litros de vino, chutes de heroína u otras sustancias para soportar la vida. Soy consciente de esa realidad pero aún en esas condiciones se puede retratar el mundo con lente limpia si la conciencia es trasnparente.
En cualquier caso no quiero ir por esos derroteros. La cuestión es que los mendigos ya no mendigan nuestros céntimos a la entrada de las iglesias sino en emplazamientos de más tránsito, más concurridos. La misa diaria ya no es rentable y eso es un secreto a voces. No lo es para extender la mano del que pide ni tampoco para la institución que mantiene sus ritos vivos a base de respiración asistida. El gesto de partir el pan ya no le renta a nadie por diferentes motivos.
Los curas ponen más empeño en cualquier otra actividad parroquial de proyección social conscientes de que es ahí donde se ganan almas. Los obispos se afanan en acudir a conciertos sectarios para controlar que cada nota ocupe su lugar en el pentagrama del engaño. El Obispo de Roma viaja por el mundo adoctrinando a multitudes que oyen pero no escuchan la palabra que saben adulterada.
En medio de este paisaje, el portavoz de la Conferencia Episcopal Española ha aprovechado hoy los tiempos de crisis para sumarse al ejercicio de pedir. Ha pedido a los españoles más sensibiliadad y conciencia con la Iglesia tan necesitada en estos momentos en que hay más casos que socorrer. Ha pedido más contribución para sostener la labor social de los católicos, apartado que siempre he elogiado de esta institución. El problema es otro. No puedo quitarme de la cabeza cuánto de mi moneda al pobre de la puerta de Mercadona se va para el siguiente cartón de vino quema-venas y cuánto de mi cruz en la casilla de Hacienda se convertirá en tela de las pancartas que antoje a sus monseñores lucir proximamente por la plaza de Colón. O peor aún, qué proporción de mi euro surcaría los vientos españoles a modo de veneno radiofónico mañanero contribuyendo así a apagar un fuego con gasolina.
Visto lo visto prefiero seguir el primero de los principios de una economía saneada: no dar un pescado a nadie (menos si no lo tengo) y enseñar a utilizar la caña para que se lo pesquen ellos.
A los obispos les digo aquello de... ¡a pedir a la puerta de la iglesia! ya veríamos como se morían de hambre. Sobre todo si por su puerta pasaran madres solteras, mujeres que abortaron un día, homosexuales que se creen hijos de Dios, divorciados paseando a sus hijos en régimen de visitas...
Hasta el lunes almas compradoras de eternidad. Hasta el lunes futuros infiernos míos. Hasta el lunes J.

jueves, 18 de septiembre de 2008

El reality se llama: "Pobres de solemnidad"

Empiezan a llegar los datos de la catástrofe. Hoy hemos conocido la escalofriante cifra de manos de la ONU que asegura que, en el mundo hay novecientos veintitrés millones de personas pasando hambre.
La crisis, como cualquier crisis, viene a cumplir su función demoledora de antiguos esquemas y modelos corrompidos pero también tiene un precio altísimo que todos tendremos que pagar. Los que más pagan las consecuencias siempre son los pobres de la tierra. Un día, cuando salgamos de este túnel en el que aún no nos hemos introducido, nos encontraremos con la evidencia de que los ricos serán menos pero más ricos y de que los pobres serán más y más pobres.
Parece una gran contradicción que en la década en que más se han explotado los recursos del planeta, más se han vaciado los estómagos de los desheredados. De nuevo la firma de la codicia descontrolada está detrás de los números que nos sonrojan. Por tener más y a más velocidad se forzaron los engranajes de un mecanismo ya de por sí oxidado.
Mientras tanto la obesidad amenaza a nuestros pequeños malcriados: unos hartos de bizcochos y los famélicos niños de los telediarios con las pistolas que les compran los gobiernos de sus paises para ir tirando, como diría el ingenioso Gila.
Ojalá la crisis se meta tanto en nuestros pensamientos cotidianos que consiga cambiarnos también por dentro, como la famosa marca de yogures. Estoy seguro de que antes o después se apagarán las luces de esta fiesta melodramática en la que ellos mueren y nosotros seguimos viéndolos por nuestras televisiones de plasma como si de un reality se tratara. ¿Y si todos estamos dentro del mismo reality y ahora al guionista se le antoja invertir el guión? Hasta mañana ratones y gatos en medio de una trampa. Hasta mañana luchadores por un mundo mejor. Hasta mañana J.