Desde el primer momento he sido un acérrimo defensor de Internet. Creo que es un claro ejemplo de lo que es la sociedad y el individuo.
Al principio la gente desconfiaba de este medio pero, con el tiempo, todos esos prejucios han ido cayendo como naipes por el suspiro de un niño.
El cambio actual en las conciencias y los progresos en muchos sentidos se deben a la aparición de estas vías de comunicación virtuales que revolucionaron las teorías de McLuhan. No rendir hoy pleitesía a tan descomunal despliegue de medios contenido en el portátil de una casa cualquiera de cualquier aldea castellana, sería demencial. La libertad ha crecido y se ha plasmado a través del ciberespacio y, ahora, los viajes son infinitos y a precio de saldo en esta parte privilegiada del mundo.
Pero hemos de reparar en algo importante: la comunicación entre los seres humanos siempre estuvo enferma. Sabemos esto desde que existen las guerras y, por desgracia, son muchos los conflictos que todavía apagan las esperanzas de muchos hombres y mujeres de todo el mundo.
Allí donde las palabras no llegan, suelen darse golpes en la cara. Donde la música no alcanza a escucharse, el ritmo lo marcan los cañones.
Internet también tiene sus propios infiernos y sus guerras. Dentro de cualquier Universo pensado existen los agujeros negros. Como en tiempos de guerra, se hace necesaria la salvaguardia de mujeres y niños para que no caigan presa de aquellos que transitan los callejones sin salida de ese otro plano.
Pero Internet une.
A mi marido le encanta la fotografía. Un día descubrió en San Google unos grupos amantes de ese arte y los siguió. La primera quedada (kdd) fue reveladora. Unas veinte o treinta personas absolutamente desconocidas para nosotros nos estrechaban sus manos para darnos la bienvenida. El grupo rebosaba vida.
A mí, la idea de salir por el mundo a captar instantáneas de lo que ocurre en el anonimato me entusiasmaba. No obstante, tenía serias dudas del personal con el que nos encontraríamos.
Las inquietudes estéticas de aquellos que tuvimos el placer de conocer rozan la erudición. Una especie rara sale por esos caminos de Dios esperando que la vida hable, sin prisa, sin presionar al medio ni al mensajero. Una semilla de esperanza esparcida por valles y montañas, por ríos y mares, cielos y tierras, todas arropadas por el "clic" de sus cámaras. Decenas de ojos puestos en el silencio que relata lo que más importa. Todo ello sin dar ruido, en el más absoluto anonimato y con el altruísmo como bandera.
Hoy, cuando la amistad trepadora alcanza algún tejado de estas paredes, siento el privilegio de haberlos conocido, de saber de sus historias, sus miedos y pasiones que no posan, robadas todas por mi lengua engatusadora. Me siento administrador de tantos pies de foto... de tantas instantáneas descartadas.
Imagino que he llegado hasta allí enfocando mi cámara, como ellos hacen. Buscando ángulos y luces y sombras y alguna naturaleza muerta para ornamentar el conjunto.
Acecho sus labios y sus ojos. Agudizo mis oídos para, entre ráfagas y disparos sin pólvora, hacer la mejor instantánea de lo que vivimos con ellos.
Internet fue el medio.
La fotografía, la excusa.
La vida, el milagro.
La belleza, el premio.
El afecto, el sentido de todo.
A mis chicos de Flickr.
N.B. No era mi intención causar esa llamada de atención hacia mi bitácora. No obstante reconozco que me ha encantado encontraros a todos por aquí. Vuestras palabras y gestos de amistad han sido de un calado tan profundo que aún me estoy recuperando.
Hechas ya las presentaciones sólo me queda deciros que aquí me podéis encontrar siempre que queráis. Esta es mi alma y aquí me desnudo cada noche a la luz de la luna. Bienvenidos al Destierro lunar. Gracias.
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lunes, 9 de febrero de 2009
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