Ha muerto mi abuela o esa otra madre que me vio crecer. Nos despedimos ayer y me dedicó una sonrisa pícara desde sus ojos siempre alerta. Muere una sabia y hermosa criatura de tan fino paño confeccionada su alma que mirarla dolía.
Él vuelve a cortejarla en medio de los trigales secos como aquel primer verano rebosando ingeniudad e inocencia. Retozan ya juntos sobre un manto de flores seleccionadas por ángeles. Acaba su cautiverio al salir el sol. Escucha un murmullo de júbilo en medio de su confusión. Celebran con cítaras su esperada llegada. Viene cansada de caminar por adoquines de piedra y llanto. Ahora se siente liviana, otra vez joven y presta a enamorar de nuevo a aquel que espera. Se gira y nos ve. Nunca estuvo lejos de comprenderlo todo.
Nos guarda en su esencia esparcida ahora por la eternidad del universo. Nos acaricia y limpia nuestro llanto. Entregó su vida a enjugar el rostro del dolor y hoy, la música y perfumes la aguardan en este su primer banquete.
Volverá a regar su puerta al canto del grillo, ataviada de negro delantal de cuadros y chaqueta oscura de lana. Volverá a pasar el paño por nuevas almas empolvadas. Tomará el fresco en la fachada de su casa, al caer de una ventana anónima y cronista de una vida santa. Dormiré la siesta con ella, oliendo a madre y pureza. Me reiré de su nariz y ella esperará siempre mi verano para compartir juntos nuevos aires frescos.
No ha muerto mi abuela. Sólo duerme en su cama conmigo la siesta.
Mañana amasaremos juntos otras levaduras y en otras casas.
-Abuela, ¿me quieres?
-Sí, mucho, y a él también, como si fuera mi hijo.
-Nunca te canses de decírmelo, que lo necesito.
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viernes, 19 de diciembre de 2008
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